“¿Pero responsable de qué? ¿Es que un momento de delirio, sepultado en la oscuridad de una pieza cerrada, junto a un cuerpo que no veía, podía engendrar responsabilidad?”.
Cualquier mujer podría hacerse estas preguntas en relación con un embarazo no planificado, pero en este caso rondan la cabeza de Ernesto Millán respecto del embarazo de su novia, Teresa. Ellos son los protagonistas de El día de octubre, novela de Valentín Fernando publicada originalmente en 1967 por Sudamericana y reeditada en 2014 por Astier Libros.
Es tal la vigencia de esta novela que resulta casi una obligación abordarla a la luz de la coyuntura actual: Teresa está embarazada, y ella y Ernesto no saben qué hacer con ese imprevisto que crece en su vientre. Se conocen apenas, no tienen un peso, él vive en una pieza de prestado. Ernesto, convencido por un amigo, no quiere saber nada con tenerlo; ella vacila: “Y ahora no sabía si quería tener un hijo. Lo que quería de verdad era quererlo a Ernesto, quererlo hasta un fondo que no terminase más. Lo que no quería era la herida, sentirse herida en lo más profundo de su carne (...) Las palabras, en ese instante, tenían una crueldad filosa y había que esquivarlas para que no poseyeran toda la desnudez que llevaban adentro”.
Ahí está la clave: las palabras. Y su reverso: el silencio. En Enero, de Sara Gallardo, novela increíblemente actual pero de 1958, reeditada recientemente por Fiordo, la protagonista es Nefer, una adolescente que vive en el campo y atraviesa desesperada un embarazo consecuencia de una violación; en El día de octubre, la situación es muy diferente: Teresa es una mujer adulta, está en una relación consentida, vive en un ámbito urbano y tiene ciertas posibilidades de acceder a un aborto seguro. Pero algo tienen en común estas dos mujeres, en estas dos novelas: el aborto no se nombra. Y en el silencio hace pie la clandestinidad: “Empezó a hablar por lo bajo, como si hubiera un secreto muy profundo que no debía ser comunicado ni al silencio que cada vez los cercaba más. Conocía a un médico. Un amigo le había dicho de un médico. Es un doctor extranjero, le dijo él, y es seguro cien por ciento”. En el silencio, perdemos derechos.
No está claro en qué medida Teresa quiere tener ese hijo. Lo que sí es evidente es que no quiere que lo decidan otros como si ella no estuviese en condiciones de hacerlo. Así es como la ve Pardo, el amigo que aconseja a Ernesto practicar el aborto, incluso contra la voluntad de su novia: “Teresa tiene miedo en este momento. (...) Es el qué dirán. La gente. Le tiene miedo a la gente. Temor de lo que pudiera sucederle a ella misma. A vos te odia. Ayudala en eso, nada más, dale confianza. Ahora es un ser inferior”.
Entre la gente que milita el aborto clandestino en las calles, en los medios e incluso en el Congreso, se suelen pronunciar toda clase de falacias: dicen los antiderechos que cuando sea legal, “van a obligar a las mujeres a abortar”. Algo así sostuvo, por ejemplo, el senador José Mayans (quien hoy milita para que el Senado no apruebe la ley a pesar de tratarse de una iniciativa de su propio espacio político) en una entrevista realizada por Mariana Iglesias para Clarín unos días después de que la Cámara de Diputados diera media sanción al Proyecto de Interrupción Voluntaria del Embarazo: "Quieren una ley que obligue al Estado a matar a un ser humano".
Muy lejos de generar una obligación, legalizar esta práctica clandestina garantiza el derecho a decidir con libertad. Más aun, el aborto legal no solo previene muertes evitables: también echa luz y pone trabas a los abortos verdaderamente forzados, que con seguridad existen y de los que hoy por hoy apenas nos llegan ecos desde la ficción.
Pero volvamos entonces a Valentín Fernando, a El día de octubre: en el título de la novela está la clave de su potencia narrativa. En la trama de la Historia de un país, de un pueblo entero, se entretejen las historias subjetivas. El 17 de octubre del 45, mientras una masa leal se moviliza por su líder, a pesar de lo que otros quieren por ella, una mujer decide. La política es trasfondo y también es vida e historia personal.
De lo que hablamos, para las Nefer, para las Teresas, en 1958, en 1967, en 2018 y también ahora, es del derecho a decidir sobre nuestro cuerpo. Tanto para interrumpir un embarazo como para no hacerlo, la única vía para nuestra autonomía inalienable es salir de la clandestinidad.
Por eso lo decimos en un solo grito: será ley.


