(Fotografia de Daniel Berbebes)
Las historias de Adiós a la calle se entretejen, como
distraídamente, en torno de una época y un lugar precisos, la segunda mitad de
los 80 en Buenos Aires, y un tema: la aparición del sida. Este entramado se
construye a través de diferentes perspectivas, pero tiene como centro la mirada
del protagonista principal: Horacio. La perspectiva de este personaje, cuyo perfil
psicológico y sociológico es delineado por Zeiger con extrema precisión, tiñe
el enfoque del tema y le da a la novela su aura peculiar. Es la mirada de un
gay de Barrio Norte, criado por un padre autoritario, un tipo racional, solitario,
bastante frío y, ante todo, pragmático.
Horacio tarda en inquietarse ante el sida: “Se hablaba de
la peste rosa, de una enfermedad extraña de los homosexuales, un virus que se
había escapado del laboratorio, y él pensaba que era todo tan extraño que no
podía ser enteramente cierto”. Mientras esa incertidumbre creaba una pátina
opaca alrededor del tema, Horacio estaba alerta y se cuidaba. Sin embargo, “cuando
llegaron a instalarse con fuerza el pánico y la desconfianza y la paranoia de
la gente se potenciaba en la televisión”, adquirió una visión prácticamente
inversa: “se fue asentando en él una sensación de muerte irremediable e
irreversible de una forma serena y reposada”, algo parecido a la resignación o
a la asunción de un destino.
Siempre fiel a su filiación realista, Zeiger liga los
destinos individuales de sus personajes a un entorno social más amplio: la
“primavera democrática” argentina, con su cultura de la diversión y la
transgresión: “Con la sensación de que la dictadura sobrevolando la vida es
algo que empieza a alejarse del horizonte, a desdibujarse, porque a pesar de
sus bravuconadas los militares ya no van a volver a tener el poder, se han ido
cultivando otros aspectos. La moral se afloja; hay una sed de probar lo que no
se ha probado. él siente esa sed.
Y todavía siente (porque más allá de los militares se ha educado con un padre
autoritario) el peso de la ley”.
En ese sentido, Horacio es un personaje que nunca termina
de arrojarse al goce. Si bien concurre a fiestas, prueba drogas e incursiona en
las derivas de sexo casual por las calles porteñas, guarda siempre una
distancia. De ahí su posibilidad de reflexionar sobre un fenómeno de la época
al que llama “el reviente”, como si pudiese convertirlo en un objeto de estudio,
porque nunca termina de entregarse a él completamente: “¿Qué es el reviente?
¿Una compulsión, una práctica? ¿Una moda, una filosofía de vida? De golpe
parece algo completamente instalado. Algo frente a lo que hay que tomar
posición, por sí o por no”.
Su incipiente relación con Pablo lo lleva finalmente por
otro camino. No sé si se podría decir “el amor”, porque este personaje
contenido, así como guarda una distancia del reviente que practica, tampoco
posee un sentido romántico y pasional del amor, y hasta se siente incómodo al
percibir que hay cosas que no controla del todo. Preso de cierta auto-censura,
sus miedos y fantasías, incluidas aquellas en torno al sida, emergen solamente
en los sueños. Sólo en esas narraciones oníricas Horacio se convierte en
involuntario cronista de las angustias secretas, pero siempre sin ninguna estridencia.
Es por eso que, si leemos Adiós a la calle como
parte de una vasta constelación de narrativas en torno a la experiencia del
sida, se destaca, justamente, por esa falta de estridencia. En la Argentina, de
esa constelación forman parte los pioneros
textos de Sergio Nuñez (Vivir con sida, 1994), Marta Dillon (“Vivir con virus”, 1995-2004) y Pablo Pérez (Un año sin amor, 1998).
Pero acaso, a fin de iluminar la originalidad de esta novela de Zeiger, quizá
convenga ponerla en relación con otro fenómeno del mundo literario, aquellas
primeras y emblemáticas novelas francesas que se publicaron en los años que
siguieron a la rápida y
destructiva trasmisión del virus en los ambientes gay: La Mélancolie du
voyeur (1986), de Conrad Detrez; Les Quartiers d'hiver (1990), de Jean Noel Pancrazi; Al amigo que no me salvó la vida (1990), de Hervé Guibert; Estos son los amigos que el viento
sopla (1991), de Yves Navarre; y Las noches salvajes (1992), de Cyril Collard.
Estas novelas francesas se centran en el
mismo período que Adiós a la calle, la segunda mitad de los 80, y hay en
ellas un tono preponderante, frenético y a la vez melancólico, en el que se
anudan goce, muerte y escritura. Quizás el ejemplo más familiar -porque fue muy
leída en la Argentina- sea la novela de Guibert, un incandescente cronista de aquellas
pasiones desesperadas, y un ejemplo cabal de estos salvajes y poéticos narradores, de algún modo fascinados por su excéntrica
vida y por su propia muerte, que parecen extirpar de su dolor el canto
trascendental de su obra y apostar por extraer de la experiencia una belleza
estremecedora.
En las antípodas de eso se encuentra Adiós a la calle,
cuyo tono es más bien de una nobleza estoica, desprovista de énfasis. Horacio carece
del glamour que podría tener “un amante de Foucault”, está construido más bien
como un hombre sensato y parecido a cualquier otro. Su perspectiva no permite estetizar
ni romantizar el sida, como tampoco el “reviente” de la época ni el valor
subversivo de ciertas prácticas sexuales. Frente a la apuesta literaria por una
búsqueda de los límites como trascendencia existencial -que podría remitir no
sólo a aquellas novelas francesas, sino incluso más lejos, a las obras de “los
beats”-, aquí no se asiste a ningún tipo de drama existencial, no se elige exaltar
la rebeldía ni recuperar una “épica del under”.
Publicada en 2006, Adiós a la calle relee el tema
en retrospectiva, abriendo paso a otro tipo de narrativas, para pensar la
evolución del fenómeno y construir un tratamiento acorde al siglo XXI, delineando
la experiencia en los términos de una desgracia ordinaria que, con el tiempo,
se incorpora a la normalidad: “Hace rato que terminó el
desayuno y se ha quedado mirando los techos a través de la ventana. Sobre la
mesa hay una taza, un jarrito con leche, la manteca, un frasco de dulce
abierto, una tostada por la mitad, el cuchillo con restos mezclados de manteca
y dulce. Hay una copa con agua y dos pastillas blancas”.
Distanciándose de esas narrativas que supieron conducir
al paroxismo estético la relación entre goce, muerte y escritura, Zeiger opone
la escéptica mirada de Horacio. Un abordaje realista del tema que implica una
renuncia a la fascinación de los extremos, y que parece buscar restituir la
dignidad de lo ordinario, las vivencias cotidianas que hacen de la enfermedad y
de la supervivencia instancias soportables. Su rechazo a la ornamentación
estética es su arma principal. La austeridad de su prosa es implacable, y su
eficacia queda plasmada, por ejemplo, en su renuencia a regodearse en escabrosas
descripciones y lograr condensar una imagen de la enfermedad con apenas dos
elementos: la fatiga, el adelgazamiento.
En síntesis, acaso debamos pensar que la singularidad de Adiós
a la calle está dada, justamente, por la renuncia al goce, tanto del
protagonista como del narrador. Como sabemos -psicoanálisis mediante-, las
renuncias al goce siempre son en aras de una vida posible; y eso queda sugerido
en la memorable escena final de la novela, que
parece llevar a su máxima expresión la humanidad que anida en el pragmatismo de
Horacio, a través de un gesto de empatía que diluye, por un instante,
las diferencias de clase.

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